Contratos, demandas, documentos constitutivos, patentes, sentencias judiciales. La precisión de las formulaciones es aquí crítica — un término mal traducido puede cambiar el sentido de toda una cláusula del contrato o privar al documento de validez legal en otro país.
El traductor debe entender no solo el idioma, sino también las diferencias entre sistemas jurídicos: un mismo término puede designar figuras jurídicas distintas en el derecho ruso y, por ejemplo, el español. Cuando es necesario, recurrimos a un traductor con formación jurídica o experiencia específica en la rama del derecho correspondiente.